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TEXTOS
Friday, June 10, 2005
 
JORGE DREXLER
NO QUIERO SER SIMBOLO DE NADA

Antes de sus shows porteños, el uruguayo habló en Montevideo sobre cómo revolucionó su vida haber ganado un Oscar. Dice que no quiere ser víctima de la fama y cuenta su singular historia.

foto de diario Clarín
En la siesta montevideana, con un calor insólito para este fin de otoño, Jorge Drexler tiene la rambla casi para él solo. Hasta que alguien —un hombre, el único peatón que asoma desde la vereda de enfrente— lo ve y lo saluda.
-Te felicito porque te salen las raíces de las champion Pampero-, le dice. Las champions de Drexler son unas zapatillas verdes, brillantes, a las que es imposible no prestarle atención, fuera del conjunto negro y discreto que viste el músico. Ese calzado parece ser la única nota extravagante en alguien que destila mesura y cierta timidez, apenas disimulada.
Drexler está en su tierra y a esta altura de la historia (con un Oscar por Al otro lado del río de la película Diarios de motocicleta que le trajo consigo una popularidad extra inimaginada en su país) sabe que enfrenta a su público más fiel —capaz de llenar el cine Plaza de Montevideo la misma noche que juega la Selección de Uruguay—, pero también el más crítico.
¿Te sentís un niño mimado?
Sí, pero es una imagen que tiene muy corta vida. Primero porque ya no soy un niño, cumplí 40. Y además, porque el niño es mimado en cuanto hace lo que los otros esperan, y eso es una gran esclavitud. Estoy muy contento de recibir cariño pero no quiero caer en lo institucional. No quiero homenajes. Después del Oscar, hubo varios intentos y les huí. La gente vive el lado épico de la historia y yo agradezco el cariño pero dejo la épica de lado. Esto no es una gesta, es un premio. Es la opinión subjetiva, falible, caprichosa, de un grupo de gente que son cualquier cosa, menos neutrales. Me sirve para trabajar, mi disco Eco se editó en los Estados Unidos, tengo más shows, todo esto te reafirma. Porque digamos que un apedreamiento masivo también es una opinión subjetiva, falible y caprichosa de un grupo de gente. Pero es mejor la primera opción. Las dos situaciones son mentira, pero sabés que la vida no es muy larga y prefiero el cariño. Pero nunca a costa de sacrificar mi cotidianeidad. No estoy en esta vida para salir en las revistas y huir de los paparazzi. No me va a pasar. Y si sucede, vuelvo a ejercer la medicina y se olvidarán de mí.
¿Es difícil para un artista escapar a esa tentación?
Es difícil porque los artistas somos unos ególatras del carajo. ¿Por qué nos subimos a un escenario? Pero es como una sustancia. Hay gente que toma vino, lo disfruta y no es el centro de su vida y otros que no viven si no empiezan el día con dos litros de alcohol. El escenario es lo mismo. Me gusta subir y que la gente se sienta bien, pero la admiración es un efecto colateral, no central. No soportaría tener gente a mi alrededor haciéndome todo, te volvés un inválido, perdés noción de la realidad. En un momento te lo ponen muy fácil como para que entrés. Pero también hay saber cuándo parar del automatismo de trabajar sin parar. Yo empecé a rechazar cosas porque si no, es la muerte creativa.
Después de 10 años de vivir en España, ¿qué cosas no dejás de hacer cuando estás en Uruguay?
Sobre todo estar con los amigos y la familia, y si puedo, ya como lujo, andar en bicicleta por la rambla. Pero como vengo tres o cuatro veces al año, ya no tengo los rituales del emigrante que vuelve una vez cada tanto. La relación con esta ciudad, en algunos aspectos, no se ha interrumpido. El hecho de venir a trabajar acá hace que la ciudad esté cerca. Los últimos discos Frontera, Sea y Eco los grabé acá, como estrategia. También vengo de vacaciones a la playa, casi te diría que vivo a caballo entre Madrid y Montevideo.
Lograste una situación bastante ideal.
Sí, tiene cosas muy buenas, pero también cansa mucho y no terminás de hacer un proceso ni de irte ni de quedarte. Pero eso es algo cada vez más común. Te podés ir sin perder un contacto cotidiano con tu familia. Antes, nuestros abuelos se iban y por ahí, no volvían nunca más.

Drexler viajó a Montevideo con su mujer, la también cantante Ana, y su hijo Pablo, de 8 años. Pero ese aspecto de su vida lo guarda celosamente a los ojos de los demás, sobre todo desde que en marzo, Hollywood lo premió y en Uruguay se desató una euforia popular pocas veces vista. -Desde hace un tiempo, se expuso tanto mi vida familiar que estoy eludiendo el tema. En la época del premio Oscar no tuve control de lo que pasó, realmente. Yo no estaba aquí y salió demasiada información sobre mi vida privada. Yo antes hablaba un poco de más y ahora me di cuenta que no es gratuito eso. Mis canciones ya hablan mucho de mí y en primera persona. Pero ese es mi trabajo. Lo que importa no es mi persona y si alguien le importa, lo siento. Lo que realmente comparto, es lo otro. Además la exposición pública la hago a cuenta, riesgo y beneficio mío, pero no puedo implicárselo a otras personas, que no lo eligieron o no tienen edad para manejarlo-.
Lo público y lo privado tiende a desdibujarse un poco hoy en día, sobre todo en algunos personajes.
Vos lo dijiste y para mí es muy importante: hay personas y hay personajes. La gente fabrica personajes públicos de personas que simplemente se exponen por su trabajo. Hay gente que habla de su intimidad, hasta de su vida sexual, pero son elecciones. Pero ahí también estás fabricando un personaje, porque no es lo mismo lo que uno cuenta de sí que lo que uno es. Yo no quiero trabajar más en ese personaje, porque no me interesan los héroes ni los íconos ni los representantes ni símbolos de nada. Me interesan los seres vivos. Yo no represento a nadie, no quiero ser símbolo ni ejemplo de nada. Hago canciones y lo que quiero es comunicar cosas. La canción es un código de barras bastante sencillo, en ese sentido. A me interesa mucho emocionar.
¿Sentís que tu historia de inmigrante exitoso engancha a la gente?
Es que no sé evaluar a mi historia. Lo que sí sé es que trabajo juntando melodías con letras y he tenido la suerte de poder vivir de eso y que la gente acepte esos aviones de papel que uno construye, que se identifique con ellos. Eso es algo nunca había soñado. Es el misterio de la emoción, que te toma por sorpresa.
¿También te toma por sorpresa cuando componés?
La composición es un acto muy variado. Es partir de la nada y para llegar a la canción, podés hacerlo por muchos caminos. Yo trabajo por asociación. No se trata de un acto racional. Por eso, muchas canciones surgen de cosas tan irracionales como dejar la mente vagar. No busco una cosa sino un estado.
¿Así funciona también cuándo te piden una canción?
A veces vas más orientado. Víctor Manuel y Ana Belén me acaban de pedir un tema para su nueva gira, Una canción me trajo hasta aquí, me encantó el título y enseguida me vinieron ideas a la cabeza. Pero lo que me pasó con Al otro lado del río fue distinto. Leí el guión, soñé y me levanté con la canción en la cabeza.
¿Te gustaría hacer más canciones para películas?
Me encantaría, pero siempre que sea un proyecto que me interese. Tengo la suerte de poder elegir todavía, en realidad siempre fue así, estoy muy mal criado.
Tenés una relación muy estrecha con otros músicos como Kevin Johansen y el brasileño Paulinho Moska ¿Tiene que ver con algo más que lo musical?
Por primera vez tengo una sensación de pertenencia estética a una generación. Y tiene carácter regional, es como el Mercosur. Kevin, Paulinho, el uruguayo Fernando Cabrera, el brasileño Vitor Ramil, mi hermano Daniel, el pelado Cordera, todos hacemos cosas distintas, con diferentes estilos. Creo que estamos más unidos por la admiración que por la afinidad musical.
Más que un estilo en común pareciera que los une cierta empatía general.
Creo que hay una búsqueda estética parecida. Cuando recién llegué a España, hubo un intento mediático de generar una nueva canción de autor. Pero no me sentía parte de eso. Pero ahora siento cosas en común con otros autores y no quiere decir ni siquiera que hagamos cosas parecidas, es más bien generacional. Incluso me siento identificado con músicos de otras áreas como Bajofondo Tango Club o Luciano Supervielle, en la búsqueda de un lenguaje propio y una raíz.
¿Qué significa Buenos Aires?
Con Buenos Aires tengo una relación estrecha desde chico. Creo que es el sitio más expresivo en el que he actuado. Tengo una deuda de cariño con la gente que me recibió cuando todavía ni en España las cosas caminaban del todo. Me emociona que hayan sido tan generosos conmigo. La primera vez que sentí que había encontrado un lugar estético y que era entendido por mucha gente fue cuando salió Frontera en Buenos Aires. Y ahora también me están aceptando en Brasil, sobre todo en el sur. Creo que mi territorio es el mismo que el de la ilex paraguaiensis, que es el nombre científico de la yerba mate. Ese es mi territorio, esta región. Me siento un poco así .
por Sandra Commisso
de diario Clarín

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